Suena el despertador como un taladro. Seis de la mañana. Lo aplazo por diez minutos mientras trato de dormir de nuevo, pero el pendiente de que volverá a sonar me impide hacerlo. Suena una vez más, y una vez más lo vuelvo a aplazar. Ya han pasado veinte minutos y se me ha hecho tarde. Al levantarme, ya fuera de la bruma del sueño, tomo conciencia de los ruidos matutinos: las aves cantando, los perros ladrando que habitan las azoteas y el andar de los autos. Entro al baño, giro la perilla, rechina. Sale aire de la tubería.  Escucho cómo el agua cae sobre mi cabeza y cómo se estrella contra el suelo. Termino de bañarme. Cierro la perilla, rechina.

Estoy listo para lanzarme a la jungla cotidiana, a esta ciudad que es una ferretería espectral. Salgo de casa, cierro la puerta con cuidado y le pongo doble llave. Subo unas calles para tomar la combi. Al lado mío pasa un taxi pitando para llamar la atención de un posible pasajero. Me formo. Abordo. Dentro suena una colección de “Los mejores éxitos del 2018”, selección hecha cuidadosamente por Shark DJ. Lo tolero unos minutos y después me pongo los audífonos.

Modo aleatorio: Sister de She Wants Revenge, me gusta, pero no en este momento. Siguiente: Miles Davis con Kind of Blue, bellísima pero no quiero deprimirme tan temprano. Siguiente: Citizen Erased de Muse, bien, puede ser. La dejo un momento, pero al final decido cambiarla. Siguiente: Heart and Soul de Joy Division. ¡Perfecto! Creo que al final sí quiero deprimirme desde temprano.

Saco de la mochila Poesía en movimiento, libro que pedí prestado a la biblioteca hace una semana y que aún no he devuelto.  Los bajeos de Peter Hook me hacen mover la cabeza y la voz oscura de Ian Curtis diciendo una gran verdad: Existencia, ¿que importa eso? Existo en los mejores términos que puedo. Aún percibo el ruido del tráfico. Subo el volumen. Desaparece.               

Intento abstraerme en la lectura e ignorar por completo el entorno. Después de unos minutos lo logro. Incluso la música pasa a un segundo plano y se vuelve ambiental para los versos que leo y escucho en mi cabeza con mi propia voz. Leo con suavidad las palabras de Óscar Oliva: Con delicada soledad empiezo a amarte / a gozar de mis dedos en tu espalda. Las repito en mi cabeza, disfruto sus sonidos, disfruto de su ritmo y trato de aprehenderlas, de hacerlas mías.

Hace unos minutos subió una chica que me pareció simpática. Al momento de que pasó las monedas de su pasaje al chofer me quité los audífonos sólo para escuchar su voz: “se cobra uno, subí en la 73 bajo hasta el metro”, dijo. Me pareció una voz  tersa y dulce, después  pensé en que jamás la volvería a escuchar y que en la transcurso del día la olvidaría y también me olvidaría de la chica.  

Llego al metro después de casi una hora de tránsito. Mientras camino hacia el otro camión escucho 2+2=5 de Radiohead y contemplo las masas apresuradas que corren a sus destinos. Creo que armonizan de maravilla. Me formo. Abordo. Pago mi pasaje. Tomo uno de los asientos casi al fondo, vista a la ventana. Apenas alcanzó oír al dulcero que subió al arrancar el camión. No le compro. Más adelante sube otro. Y más adelante otro.  Tampoco les compro.

Comienza a sonar Into Black de Blouse y de inmediato pienso en  Gaby. ¿Volveré a verla? Entonces me pierdo en la música mirando por la ventana mientras cavilo tonterías.

El camión se llena más entre más avanza, hasta el punto de no caber un macehual más.  A pesar de tener audífonos siento la vibración de las cumbias que el chofer puso a todo volumen, tal vez para animar a la gente y despertarla por completo o quizá sólo por placer.

Después de cuarenta minutos llego por fin a mi destino. Bajo del camión y entro a Copilaser. Muchísima gente. Paso a las copias de al lado que desconozco cómo se llaman. Me quito los audífonos, lo primero que oigo es el sonido mecánico de las copiadoras. Pido una computadora para terminar de editar este texto. Ya es tardísimo. Mi clase empezó hace media hora. Sólo tengo que elegir un título e imprimir. Improvisaré uno, como siempre.

Entro apresurado a la universidad. Aprovecho para escuchar los últimos segundos de Kiss me until my lips fall off  de Lebanon Hanover. Forever, forever canto mentalmente antes de entrar descaradamente tarde al salón. Guardo los audífonos y me incorporo a la clase.

Después de un rato llega el momento de leer en voz alta el texto descriptivo que tuvimos de tarea. Es mi turno. Comienzo y escucho mi propia voz diciendo: Suena el despertador como un taladro. Seis de la mañana. Lo aplazo por diez minutos mientras trato de dormir de nuevo… Es muy raro escuchar mi propia voz, es como si fuera de mi mente se convirtiera en la voz de alguien más. No me gusta.

Termino de leer el relato. Hay silencio y en silencio permanezco.

Gerardo Reyes Chávez.

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