La imposibilidad del olvido

Ahora viene cuando debería de aprender a ir aterrizando y desenvolver todas esas noches que no vamos a tener.

Alberto Jiménez

Dicen que extrañar es un lujo que no se pueden dar las personas que viven al día. Si nos tomáramos el tiempo de añorar algo, estaríamos desperdiciándolo en disfrutar algo que nos esté pasando en ese instante en el que nuestro corazón le dice a nuestra mente que le hace falta ese algo que lo hacía latir con más fuerza hace algunos ayeres. Unos recién vividos, incluso.

Evoquemos a través de olores, de canciones, de lugares. Yo, por ejemplo, en las mañanas, me tomo un respiro y me acerco a la primera ventana que vea. Cuando lo hacía de manera recurrente era en casa de Jano, ahí la altura me hacía pensar que estaba más cerca del cielo. Él me dio asilo mientras se solucionaba todo mi problema habitacional tras el sismo. Me rescata cada que estoy con el agua casi cubriéndome la cabeza. Siempre Jano…

Entonces me acerco al ventanal. Jalo una gran bocanada de aire y cierro los ojos. Me sorprendo sonriendo, con la piel erizada, con una lágrima rodando justo por mi mejilla derecha. Siempre mi lado derecho desarrolló más rápido la capacidad de mostrar sus emociones que el lado izquierdo.

Abro los ojos y me repito que hay que desaprender. Que todo lo que se vivió con anterioridad debe ser desaprendido, desarropado, desarmado. Porque por más que nos haga sonreír también nos lastima… Pero hay quienes, como yo, somos necios de nuestros momentos, recelosos de aquello que nos hizo felices alguna vez. Los instantes los tenemos guardados en una cajita que todos ven vacía pero que, a nuestros ojos, está tan llena que necesitamos ya comprar otra para seguir acumulando más y más recuerdos que nos hagan alzar la mirada en una ventana para después sonreír y dar el siguiente paso.

Los recuerdos, para muchos, son un envión. La necesidad que de pronto tenemos de abrazar a ese alguien que nos trajo tanto a la vida, es grande, tanto que es inentendible. La imposibilidad del fenómeno llamado “olvidar” para nosotros no existe. Y no es que vivamos del recuerdo, es más una sensación de saciedad, de tomar un cachito de ese algodón rosa y comerlo tan lento como no queriendo que se acabe.

No nos pidan olvidar porque eso es obligarnos a quedarnos estáticos, a quedarnos como parte del mobiliario de un universo que cada vez menos se maneja por sus emociones. La superficialidad que desde hace poco más de un lustro nos quiere atar de manos y nos tiene con el cerebro secuestrado, nos hace creer que no necesitamos recordar para ser felices. Nos ha convertido en robots que ya no acumula recuerdos, que necesita de una aplicación en su celular para recordar lo que hace apenas un año estábamos haciendo.

Nos nos pidan tirar esa caja que ustedes ven vacía. No nos pidan desaprender. No crean que no seguimos adelante, no nos llamen acumuladores, no nos digan que no sabemos soltar porque soltamos aquello que para nosotros no merece la búsqueda de una ventana a la cuál voltear para cerrar los ojos y añorar. No nos pidan desenvolver abrazos, no nos pidan desarropar frases dichas, no nos pidan no volver a escuchar canciones dedicadas. No nos digan que no sabemos ir adelante, porque es justo gracias a lo que recordamos, que nos damos impulso para avanzar.

Quienes no queremos olvidar, somos selectivos con lo que no queremos que desaparezca de nuestra memoria. Quienes no queremos olvidar, quisiéramos tomar una maleta, echarla en la cajuela de nuestro viejo auto, dar un abrazo que pudiera parecer eterno y perdernos en algún lugar en el que nuestros recuerdos sigan alimentado nuestra alma. Si no está en nuestra posibilidad porque no tenemos maleta y no tenemos auto, entonces avanzamos rumbo a la ventana más cercana para cerrar los ojos, sonreír y dejar escapar una lágrima que nos haga sentir un poco más vivos que ayer.

Laura Corona-Almaraz

Twitter: @LauAlmaraz

Comparte: