Hablando de… “Las curvas de esta chica”

En la segunda parte de la década de los 90, Bárbara Mori me miraba fijamente desde la portada de la revista “Tú” con el corte de cabello de moda, rubia brillante y con una cintura minúscula; en el interior las chicas del grupo “Jeans” lucían pantalones a la cadera y las integrantes de la “Onda Vaselina” bailaban con largas y lacias cabelleras que parecían no conocer el frizz; yo, las veía con mi complexión media que me hacía sentir la adolescente más gorda del mundo y el cabello implacable que le hacía honor a mi apodo “china”.

Ya que me parecía más difícil luchar con mi cuerpo decidí “atacar” a mi cabello, probé de todo, pero los chinos siempre regresaban; poco a poco y gracias a un peculiar grupo de amigas dejé de desear y comencé a amar todo lo que yo era, pero en el fondo, mi cabello indefinido, ni chino ni lacio, me incomodaba, siempre que quería traerlo suelto era como si no me hubiera peinado en meses y si tenía un evento importante debía plancharlo; al llegar a la mitad de la universidad ya había probado la mayoría de los colores de tintes, fui rubia, pelirroja, castaña clara y me encapriché con un negro-violeta que no me pude quitar en meses, obviamente mi cabello parecía más un estropajo que lo que alguna vez fue una sedosa y ensortijada cabellera. 

Grupo Jeans

Mechas, rayos, listones, bayalage, queratina alemana, son algunas de las muchas técnicas a las que sometí a mi incomprendido cabello; casi 20 años después y gracias al ejemplo de una rizadísima  amiga conocí un método que ha resultado una revelación y una revolución para las latinoamericanas en su mayoría rizadas, chinas u onduladas; aunque el método “curly girl” es estadounidense ha llegado al resto del continente con un mensaje poderoso: el cabello es una extensión de ti misma y debes amarlo como tal.

Casi 3 décadas después de que por primera vez me amarré fuertemente el cabello mojado en la noche deseando amanecer lacia, hoy trabajo fervorosamente para recuperar los “rulos” que me acompañaron en la infancia; la curvatura del pelo no es al azar, es lo que somos, viene de las raíces de nuestro árbol genealógico y será herencia de futuras generaciones; nuestro cabello da fe de lo que somos, tan es así, que se ha convertido en una herramienta fundamental para la ciencia forense, que gracias a un solo cabello puede determinar que comió, bebió y cómo vivió una persona.

Onda Vaselina

Evidentemente no pretendo boicotear a la industria de la belleza capilar, siendo yo una de sus principales clientas, soy fiel creyente de que tenemos derecho a hacer todo lo posible para vernos como queramos, pero no a luchar contra nuestra propia naturaleza; el cabello rizado, chino u ondulado requiere cuidados específicos, es una especie de ritual de amor para con nosotras mismas, me gusta pensar que mientras lo cuido, acaricio quien soy.

En redes sociales por toda Latinoamérica, se han creado comunidades inmensas de mujeres y hombres que han empezado a amar su cabello, tan es así que muchas marcas han comenzado a modificar las fórmulas de sus productos para adaptarse al “método”, que ha logrado fraternizar a personas de todas las edades, razas, creencias y condiciones socioeconómicas entorno a una sola creencia: dejar al cabello ser lo que quiera ser; de pronto alguien pide ayuda desde Brasil y recibe  apoyo desde México hasta la Patagonia.

Seguramente nunca nos conoceremos pero tenemos la certeza de que en algún lugar del mundo (ya se extendió el movimiento en Europa) hay alguien que está aprendiendo a amar su ensortijada cabellera; lo más importante es que si quieres ser rubia o tener el cabello de colores, lacia, ondulada o con un “afro” sea por gusto y no por ocultar algo de ti.

Los espero en @abrilatziri

Por: Abril López de Mora

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