Hablando de… Árboles de mil vidas

Era una Alicia muy distinta a la que había conocido en la gran pantalla, el mundo oscuro, alejado a las canciones y el color me atrapó, no sabía leer pero decidí que los libros, con su embriagante olor y el sutil sonido del cambio de página, serían la perfecta compañía para el resto de mi vida; cuando por fin las letras adquirieron sentido, siguieron “Los viajes de Guliver”,  “La Illiada”, “La Odisea” y una muy interesante colección en la que los personajes de Disney explicaban el paso de la humanidad por la tierra; nunca hubo presión, incluso ni siquiera un regaño porque todos esos libros terminaron rayados; de ahí vinieron las lecturas escolares obligatorias y el maravilloso descubrimiento de que los libros eran la mejor estrategia para iniciar y mantener una conversación.

Cuando tenía 10 años mi papá enfermó gravemente y el y mi mamá estuvieron lejos de mi y mis hermanos durante un par de meses, quedamos a cargo de una gran y amorosa familia, todos los días nos llevaban a un parque de Tulancingo, Hidalgo llamado “La Floresta”, mientras todos se divertían en los juegos yo pasé maravillosos días en la biblioteca de la ciudad, Julio Verme me salvo del dolor de la enfermedad y la inminencia de la muerte que afortunadamente no llegó; era un gran espacio luminoso, con un encantador silencio y un seductor olor a libros viejos y nuevos; tuve grandes amigos, nunca nos hablamos, ni siquiera supe sus nombres pero compartíamos la cita diaria en una gran mesa de madera llena de historias, rodeados de la esencia de los árboles que trascendieron para dar vida a mil vidas empastadas en piel, cartón o papel.

A lo largo de los años atesorar libros se convirtió en un placer, viejos y nuevos autores, clásicos y contemporáneos; tuve una alocada etapa con libros de superación personal y un viaje de colores con los libros sagrados de distintas culturas; Haruki Murakami llegó a mi vida para recordarme la emoción del amor y la música; Gabriel García Márquez merece una mención especial, nadie ha tocado mi corazón y alma como él, me atrevo a asegurar que nunca se es la misma persona después de leerle; recuerdo como no pude tocar un libro en meses después de leer “100 años de soledad”, era como si me hubiera quedado atrapada en el caluroso Macondo.

Juana de Asbaje, Virginia Woolf, Ángeles Mastretta o Mónica Lavín, son los primeros nombres que salen de mi boca cuando me piden que recomiende un libro, sus letras manifiestan fielmente las emociones humanas y sus historias te invitan a continuar tras ellas y su legado.

Los libros merecen toda honestidad, no se puede obligar a leer, si no te sientes atrapado, debemos por respeto, dejarlo a un lado para que alguien más lo descubra y tal vez tiempo después haya un reencuentro afortunado; personalmente tengo una tormentosa historia con la “Comedia”, conocida también como “La divina comedia” de Dante Alighieri, tarde más o menos 5 años en leerla, debo confesar que sufrí para salir del infierno, pues las pesadillas no me dejaban avanzar, pero persistí, no por necedad, sino porque la historia siempre me llamaba de vuelta.

He comprado varios libros electrónicos, la lectura fue extraña, continuaba el placer del aprendizaje pero añoraba la sensación de las hojas en los dedos, entiendo su practicidad, además de que son más baratos que los impresos, en especial el argumento de que se contribuye a limitar la tala de árboles; sin embargo, para mí un libro nunca será producto de la muerte de un árbol, en mi corazón, los libros son reencarnación, trascendencia, permanencia y esperanza, porque los árboles que terminan siendo libros continúan su vida dando vida a miles de vidas.

¿Qué libro está grabado en su alma?

Los espero en @abrilatziri

Por: Abril López de Mora

Comparte: