Antes el mundo era una roca inerte y amorfa, sin luz ni sombra, impalpable y muda, hasta que dos dioses invisibles y etéreos, Sustantivo y Verbo, de divinos nombres, le otorgaron un corazón: ahora te llamarás Tierra y vivirás, sentenciaron y se disolvieron en cada partícula de la roca neonata.

Aquellos dioses tenían a su disposición semidioses que les ayudaban en la tarea de forjar y dar vida a los mundos: Adverbio, descendiente directo de Verbo y Adjetivo, descendiente directo de Sustantivo. Además de semidioses existían héroes al servicio divino: Pronombre, Artículo, Preposición y Conjunción.

De entre todos ellos Adjetivo era el más apreciado por sus cualidades artísticas y Dionisiacas. Deleitaba los sentidos de todas las sustancia poseedoras de vida y ejercía con gran maestría los oficios más exquisitos: pintor, músico, perfumero, cocinero y un experto en las artes de la sensualidad y la carne.

De esta manera dotó al mundo de  hermosos colores y los más solemnes sonidos, de sabores  y olores embriagantes, y a los seres con vida les dio un cuerpo sensible para apreciar sus divinas creaciones. Sin embargo debía existir un balance para que se pudiera apreciar su obra y creó lo oscuro, lo melancólico, lo doloroso y lo fúnebre.

Adjetivo es un semidios bondadoso pero cruel, respetuoso y amoroso de la vida y la muerte con paralela intensidad. Otorga favores a quien se lo pide pero hay que ser cuidadoso al pedirlos pues es menester usar el correcto o de lo contrario podría tener resultados nefastos. Cabe mencionar que los poetas adoran a Adjetivo pero también le temen con profundo terror, pues una mala elección es capaz de fulminarles el corazón.

Gerardo Reyes Chávez.

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