Apenas la luz que llegaba del estacionamiento colándose desde el ventanal que enmarca mi recámara, iluminaba nuestros rostros. Isaac me tenía abrazada como si en ello se le fuera la vida. Yo me sentía segura, como no me había sentido antes. El pecho en el que mi cabeza descansaba, pertenecía a un buen ser humano, yo lo sabía. Yo lo sé. Quizá por eso duele más. Quizá por eso se recuerde con más amor.

De nacimiento he sido declarada una besucona. Después de recaer tremendo defecto -o virtud, depende quién sea quien lo reciba- en mi madre, durante años, su rostro con mejillas enrojecidas y con esa cicatriz cerca del lóbulo izquierdo fueron destino perfecto de mis besos. No podía dejar de verle los ojos ni de admirarle la mirada llena de sueños que poco a poco se van cumpliendo.

La madrugada del 23 de abril lo escuché por primera vez en mi vida y, quizá, es la única vez que lo he sentido real. Isaac, con esa paciencia que le caracterizaba para conmigo, abrazándome con seguridad como solía hacerlo, me dijo muy convencido: ‘Tengo algo muy importante que decirte y no quiero que te espantes’. Cualquier cantidad de cosas pasaron por mi cabeza. Cualquier cantidad.

¿Todas negativas? ¡Por supuesto! Todas, absolutamente todas las cosas que pasaron por mi mente fueron todo, menos positivas. Quería que la tierra me tragara en esos segundos en los que el silencio imperó en la habitación adornada en sus paredes con las letras de sus canciones. La inseguridad, al final, no me hizo su presa y tratando de incorporarme un poco sobre la suavidad del colchón, recargando parte de mi cuerpo en mi codo derecho y poniendo mi barbilla sobre su pecho fuerte, lo miré. ‘Dime’, respondí.

‘Te amo’… Nah, no escuché eso… No lo dijo… No puede estar pasando esto. No lo dijo, no lo dijo, no lo dijo… Sí, sé que es triste leer, quizá, que era la primera vez que recibía un ‘te amo’ que se sintiera sincero. Y la última, también lo voy a confesar. Isaac dijo ‘te amo’ y lo dirigió con la mirada más limpia que pude haber visto jamás, hacía mi carita incrédula.

Lo que dije fue de alguna manera, un equivalente a un tremendo e insensato ‘gracias’, después de que alguien te dice ‘te quiero’. Me puse sobre él impulsada de un salto y grité ‘¡no mames!’, pero entiéndase un ‘¡no mames!’ incrédulo, un ‘¡no mames!’ de alguien que no esperaba segundos antes un ‘te amo’.

Ese 23 de abril, recuerdo bien, salimos de casa rumbo al metro. Íbamos en Niños Héroes cuando me tomó de la mano y me dijo: ‘ya somos novios, ¿no?’. Yo iba flotando como los globos de IT, de Stephen King. Yo flotaba y es una sensación que nunca voy a olvidar. Cierro los ojos y evoco ese 23 de abril como si no hubiera sucedido hace ya tres años. Cierro los ojos y evoco ese 23 de abril como si lo estuviera viviendo ahora mismo.

Lo extraño, a decir verdad. Todo el mundo sabe que mis Jueves de Tianguis no son iguales desde su partida; que la vida no es igual desde su partida. Aprendimos tanto el uno del otro, quizá más él de mí, si peco de soberbia, algo que no suelo hacer de manera recurrente. Creo firmemente que nacimos para estar juntos. Lo creo firmemente. Ya sea en esta vida o en la otra, Isaac y yo nos estamos esperando. O quizá sólo yo. Lo cierto es que no habrá otro 23 de abril que iguale aquel en el que por vez primera escuché el ‘te amo’ más sincero que se haya dicho en estos tiempos.

¿Que si yo lo amo? Siempre. Siempre. Para mí, 23 de abril es hoy. Para mí, 23 de abril es todos los días.

Laura Corona-Almaraz

Twitter: @LauAlmaraz


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